LUCHA POR LO QUE QUIERES

Cuando alguien evoluciona, también evoluciona todo a su alrededor, cuando tratamos de ser mejores de lo que somos, todo a nuestro alrededor también se vuelve mejor.
Eres libre para elegir, tomar decisiones, aunque solo tu las entiendas, toma tus decisiones con coraje, desprendimiento y, a veces, con una cierta dosis de locura.
Sólo entenderemos la vida... y el universo, cuando no buscamos explicaciones. Entonces todo queda claro.
Aprender algo significa entrar en contacto con un mundo desconocido, en donde las cosas más simples son las mas extraordinarias. Atrévete a cambiar, desafiate, no temas a los retos. Insiste una, y otra, y otra vez. Recuerda que sin fe, se puede perder una batalla que ya parecía ganada. No te des por vencido, Acuérdate de saber siempre lo que quieres. Y empieza de nuevo. El secreto esta en no tener miedo de equivocarnos y de saber que es necesario ser humilde para aprender. Ten paciencia para encontrar el momento exacto y congratúlate de tus logros, y si esto no fuera suficiente... analiza las causas.. e inténtalo con más fuerza.

"Es importante que uses tu discernimiento en cada mensaje que lees, sólo toma los que te hacen vibrar, los que no deséchalos, ten presente que el poder de la verdad está en tu interior, tú y solo tú sabrán cuál es".



El mundo está en manos de aquellos que tienen el coraje de soñar y de correr el riesgo de vivir sus sueños.

lunes, 17 de octubre de 2011

¿Qué tan severo es el impacto del consumismo en el medio ambiente?

Los hábitos de consumo propios del "american way of life", adoptados en muchos otros países, tienen al planeta al borde del colapso ecológico.

Con la expresión american way of life se intenta caracterizar el modo de vida del estadounidense promedio y si bien, como casi cualquier concepto, resulta un tanto ficticio o ingenuo pensar que la compleja realidad puede resumirse así de fácil, podemos aceptar de inicio la existencia de ciertos elementos comunes que reflejan un cierto modelo cultural que además, en un contexto de globalización o sutil colonización, ha sido adoptado por millones de personas en muchos otros países con singular beneplácito.

Durante algún tiempo este modus vivendi se comprendió sobre todo en cuanto a sus dimensiones culturales, un amplio espectro ideológico y práctico que iba de la política al entretenimiento, de la alimentación a la religiosidad o la moral pública y, por consiguiente, sus críticos alertaban contra la homogeneización cultural que el american way of life traía consigo.

Si bien es cierto que podemos hablar de hamburguesas, películas de Hollywood, liberalismo o algún otro elemento presente en la construcción de este concepto, quizá podríamos agrupar esas pequeñas piezas en categorías más amplias y decir, por ejemplo, que uno de los elementos más importantes delamerican way of life se relaciona con los llamados “hábitos de consumo”. En efecto: si algo caracteriza a la economía estadounidense es su vertiginosa dinámica industrial basada en el consumo: nadie consume tanto en el mundo como los estadounidenses, de ahí que otros países como China o México dependan tanto de lo que puedan venderle a estos ávidos e insaciables compradores. Una economía, además, en la que desechar para volver a comprar es uno de los pasos más importantes en esta cadena aparentemente productiva en la que el dinero no puede dejar de circular.

Entonces es este modelo económico y las prácticas cotidianas que favorece (especialmente en cuanto al consumo y el desecho de lo producido) lo que está en el fondo del american way of life, lo mismo que la razón por la cual esta serie de hábitos se han propagado a otros países que guardan algún tipo de relación económica con Estados Unidos.

Sin embargo, últimamente esta euforia consumista se ha revelado como el factor principal que tiene al planeta al borde del colapso ecológico. Un informe reciente de la Global Footprint Network —organización que mide el impacto que el ser humano provoca en el medio ambiente— asegura que si todos los seres humanos viviéramos como vive el estadounidense promedio, se necesitarían cinco planetas Tierra para satisfacer nuestras necesidades de consumo, sobre todo porque la Tierra es incapaz de emparejarse en sus procesos naturales al ritmo de vida que le imponemos.

Las emisiones de dióxido de carbono, por ejemplo, superan en un 44% las emisiones que naturalmente podrían reabsorberse. Dicho de otro modo: cada año la humanidad produce tanto dióxido de carbono como la Tierra podría procesar en 18 meses. ¿Qué pasa con ese excedente de 6 meses que este “servicio ecológico” no puede admitir?

La variable base que utiliza esta organización es la “huella ecológica” [ecological footprint] que se calcula relacionado la cantidad de tierra y mar que determinada población necesita para producir los recursos que consume y también para reabsorber sus emisiones de CO2. Así, el estadounidense promedio tiene una “huella ecológica” de 9 hectáreas globales: son necesarias 9 hectáreas de tierra y mar para satisfacer sus hábitos de consumo y reabsorber las emisiones de dióxido de carbono que estos generan. En el otro extremo se encuentran los habitantes de Malawi, Haití, Nepal o Bangladesh, que requieren aproximadamente ½ hectárea global para lo mismo (aunque, sospechamos, más por pobreza y precariedad de condiciones que por otra causa).

A este respecto Nicole Freeling, vocera de la Global Footprint Network, declaró lo siguiente: “Aunque quizá las personas que viven en los niveles mínimos de subsistencia o incluso por debajo de ellos necesitarían incrementar su consumo para salir de la pobreza, la población más pudiente puede reducir su consumo y aun así mejorar su calidad de vida”.

Es cierto que es difícil encontrar el punto de equilibrio entre comodidad individual, consumo y cuidado del medio ambiente, sin embargo, tal vez sea necesario replantear algunos de nuestros hábitos cotidianos con miras a postergar o evitar completamente la catástrofe natural que parece inminente. Se dirá, quizá, que las grandes corporaciones también tienen mucha responsabilidad en este asunto, pero es un poco ingenuo esperar que de un día a otro dejen de hacer lo que tantas ganancias les sigue redituando solo porque el planeta se está yendo a pique.

pijamasurf

La consciencia es no-local: el retorno del alma al mundo

La consciencia como propiedad fundamental del universo, y no como un producto de la materia, podría no tener localidad sino estar diseminada en todas las cosas como una red que in-forma la totalidad del cosmos.

“Dios no permanece petrificado y muerto;

Las piedras mismas gritan y se elevan al Espíritu”.

Hegel.

Con el triunfo del empirismo científico a fines del siglo XVII, fundamentado en la observación y experimentación sobre el mundo sensible, el materialismo como filosofía pasó a convertirse en el inamovible, inapelable e incluso inconsciente paradigma de realidad de Occidente durante los últimos 400 años. El principio básico de esta filosofía se formula en el axioma que sigue: “La materia es todo lo existe”. Desde entonces, el universo pasó de ser un organismo cósmico, como lo consideraban los antiguos, a ser visto como materia inanimada en movimiento, sujeta a los ciegos condicionamientos del azar y a la Segunda Ley de la Termodinámica: la entropía, la cual establece que todos las cosas tienden al desequilibro y que el desorden cósmico es cada vez mayor.

Con el descubrimiento de Einstein acerca de la equivalencia entre masa y energía, formulado en la famosa ecuación E=mc², y el nacimiento de la teoría cuántica, el materialismo se ha visto obligado a abandonar su soporte sensible de átomos que chocan entre sí como fundamento último de todas las cosas para pasar a una imagen del universo formada por una aparentemente infinita cantidad de energía en distintos estados, una nube cuántica de probabilidades. Sin embargo, el principio subyacente de la ciencia ha cambiado muy poco: “La energía inanimada en movimiento es todo lo que existe”.

Esta filosofía ha dejado a la consciencia (y con ella, todo el sentido de la condición humana) reducida a mero epifenómeno de los ciegos procesos de la energía que conforma todo lo que existe, accidente azaroso e insignificante en el inmenso sinsentido cósmico. Desde su triunfo hace 400 años, el método científico ha tratado de dar respuesta a sencillas preguntas —como “¿dónde se encuentran nuestros recuerdos?”— buscando pistas en los procesos fisiológicos neuronales, químicos y más recientemente cuánticos de la estructura energética que conforma el cerebro. Esta búsqueda se ha basado en el supuesto de que existirían “huellas mnémicas”, materiales almacenados de alguna forma en el sistema nervioso, dependientes de las uniones entre las células neuronales (las llamadas sinapsis).

Los neurocientíficos han intentado durante décadas encontrar estas huellas mnémicas en el cerebro sin éxito. Los experimentos de Kart Lashley, basados en entrenar animales para que aprendan trucos y luego remover partes de sus cerebros para ver en donde se almacena el aprendizaje, demostraron para su asombro que podía retirarse hasta el 60 por ciento del cerebro –cualquier 60%– sin que hubiera efecto alguno en la retención de este aprendizaje. Como señaló B. Boyscott, manifestando la perplejidad de los buscadores de huellas mnémicas: “la memoria parece estar en todas partes y en ninguna en particular”.

Hoy en día sabemos que las células cerebrales, todas las sustancias químicas en las sinapsis y las estructuras nerviosas y moleculares que conforman el cerebro, funcionan mucho más rápidamente de lo que antes se pensaba, cambiando constantemente, lo que hace al cerebro un soporte muy inestable como almacén de memoria. Hoy sabemos también que todas las células de nuestro cuerpo están naciendo y muriendo en una constante renovación orgánica. Recientes estudios han demostrado que incluso las células cerebrales, consideradas hasta hace poco elementos perpetuos del organismo, se renuevan periódicamente.

En su fascinante libro El Renacimiento de la Naturaleza, el biólogo que va a contracorriente, Rupert Sheldrake, sugiere a esto una respuesta tan revolucionaria como sencilla: “Tal vez exista una razón ridículamente simple para todos estos fracasos recurrentes: es posible que las huellas mnémicas no existan. Por el mismo motivo podría verse condenada al fracaso una búsqueda dentro del televisor de huellas de los programas que uno haya visto la semana pasada: el aparato sintoniza transmisiones, pero no las almacena. Volvamos a pensar en la analogía del televisor: el daño en algunas partes del circuito puede ocasionar la pérdida o la distorsión de la imagen; el daño en otras partes puede determinar que el aparato pierda la capacidad de producir sonido; un fallo en los circuitos de sintonía puede impedir que se reciban uno o más canales. Pero esto no demuestra que las imágenes, los sonidos y los programas completos estén almacenados en los componentes dañados” (Sheldrake, 1994).

Esta analogía propuesta por Sheldrake puede ser enormemente reveladora: “Imagínese que está viendo un programa televisivo por primera vez, sin tener ni idea de lo que es la televisión. Desde un punto de vista más primitivo, podría creer que realmente hay unos seres pequeños en el aparato. Al inspeccionarlo, rápidamente descartaría esa explicación, excesivamente simplista. Se daría cuenta de que había un montón de cosas dentro del televisor. Educados como estamos sobre las maravillas de la ciencia, probablemente decidiríamos que el equipo que hay en el interior del aparato es el que creó la imagen y el sonido. Al ir dando vueltas al mando y obtener diferentes imágenes y sonidos, nos iríamos convenciendo de que esta es la explicación. Si retiráramos un tubo del aparato y la imagen desapareciera, probablemente creeríamos que habíamos demostrado nuestra teoría de manera convincente. Supongamos que alguien nos dijera lo que realmente ocurre: que los sonidos y las imágenes provienen de un lugar lejano, son transportados por ondas invisibles que de alguna manera se pueden crear en ese lugar lejano, son captadas por nuestro televisor y transformadas en imágenes y sonidos. Probablemente esta explicación nos parecería ridícula. Como mínimo, parecería desobedecer la ley de la navaja de Occam; es decir, es mucho más sencillo creer que las imágenes y sonidos son creados por el televisor que imaginar unas ondas invisibles (Robertson, 2002). Sin embargo, es así como funciona.

Pero si la memoria no estuviera localizada en el cerebro, sino que este fuera más bien un órgano que la “sintoniza” o estructura como una especie de compleja antena receptora, entonces… ¿dónde estaría?

En 1964 John Bell demostró que, a nivel cuántico, todas las partículas del universo pueden comunicarse entre sí instantáneamente, sin mediar movimiento entre ellas o transferencia de energía de algún tipo. A estas conexiones Bell las denominó “no-locales”, ya que ocurren entre las partículas por fuera de cualquiera de las dimensiones de la física observables. Esto representaba un serio problema para Einstein, ya que la teoría de la Relatividad Especial, consistente y comprobada, postulaba que ninguna forma de energía podía moverse más rápidamente que la luz. Einstein negó la realidad de las conexiones no-locales a nivel cuántico, llamándolas sarcásticamente “acción fantasmagórica a distancia”. Sin embargo, reiterados experimentos posteriores probaron ineludiblemente que las conexiones no-locales eran una realidad fundamental del mundo cuántico. Por lo tanto las leyes que aplicaban a lo infinitamente grande (la relatividad) y a lo infinitamente pequeño (la física cuántica) parecían hallarse en contradicción.

El físico David Bohm fue el primero en postular una teoría coherente que parecía conciliar el mundo de la relatividad con los fenómenos cuánticos. Bohm propuso la existencia de un nivel de realidad no observable, existente por fuera de las tres dimensiones de la física, al que denominó “orden implicado”. Aunque este orden implicado no sea empíricamente detectable, su presencia se observa, según Bohm, en el llamado “campo cuántico”, es decir, la organización específica que asumen las partículas cuánticas dentro de su indeterminado movimiento.

El físico Jack Sarfatti propuso que las conexiones no-locales de Bell en realidad no violan la Relatividad Especial, ya que lo que se transmite entre las partículas cuánticas no es energía sinoinformación. La información no sería una forma de energía, sino lo que ordena la energía. Ilia Prigogine, el padre de Teoría del Caos, definió la información como “entropía negativa”: si la entropía es toda aquella variable externa que trae desorden a los sistemas de energía y los conduce a su constante desintegración, la información sería una variable que organiza los sistemas desde dentro. La teoría de los “atractores caóticos” de la Teoría del Caos proporcionó un modelo matemático fiable de la manera en que esta información organiza los dinámicos sistemas cuánticos en función de un fin. El ejemplo clásico de un atractor caótico es un cuenco en donde se arroja agua: el agua fluirá hacia abajo por los bordes del cuenco de manera indeterminada pero toda ella terminará en el fondo del cuenco, el cual representa el fin del atractor.

Dentro de esta misma línea, Benoit Mandelbrot consiguió demostrar que en muchos de los fenómenos aparentemente menos estructurados de la naturaleza, desde el crecimiento de las plantas hasta la forma de un cristal de nieve, existe un orden generativo más sutil que organiza la materia en una geometría de “ordenes fractales” conforme a atractores caóticos.

Este revolucionario giro en la perspectiva cosmológica llevó al filósofo holístico Edwin Lazlo a afirmar que “en la última concepción de la física el universo no está constituido de materia y espacio, está constituido de energía e información. La energía existe en forma de patrones de onda y propagaciones de onda en el vació cuántico que forma el espacio; en sus varias manifestaciones, la energía es el hardware del universo; el software es la información”.

Sheldrake, por su parte, trasladó estas teorías primero al campo de la biología evolutiva y luego al ámbito de toda la naturaleza bajo el nombre de “campos mórficos“. Estos campos, según la teoría de Sheldrake, son “órdenes implicados” de una naturaleza intrínsecamente evolutiva, son campos de información que organizan, conforme atractores caóticos, el desarrollo de todas las cosas en el universo: desde los órganos hasta los tejidos, las células, los átomos y los estados cúanticos. Cada cosa en el universo depende de una jerarquía de campos dentro de campos: campos de órganos, de tejidos, de células, de átomos.

Los campos mórficos serían, literalmente, “campos de memoria”, ya que en sí mismos constituirían la información que conforma la memoria colectiva de cada una de las especies que hay en la naturaleza. La información de los campos estaría determinada por los hábitos heredados de cada una de las especies: “La actividad formativa de los campos no está determinada por leyes matemáticas y atemporales, sino por las formas reales (y los hábitos) asumidos por los miembros anteriores de la especie. Cuanto más se repite una pauta de desarrollo, más probable es que sea seguida y que vuelva a aparecer. Los campos son los medios para incorporar, conservar y heredar los hábitos de la especie [...]. Desde este punto de vista, los organismos vivos no solo heredan los genes, sino también los campos mórficos. Los genes se reciben materialmente de los antepasados y permiten elaborar ciertos tipos de moléculas proteínicas; los campos mórficos se heredan de un modo no-material, no solo de los antepasados directos, sino también de los demás miembros de la especie. Los campos de una especie dada, por ejemplo la jirafa, han evolucionado; son heredados por las jirafas actuales de las jirafas anteriores. Contienen una especie de memoria colectiva en la cual cada miembro de la especie puede apoyarse y a la que a su turno puede realizar aportes” (Sheldrake, 1994).

Estos campos no-locales actuarían entre sí a través de un proceso denominado “resonancia mórfica”, llevando información hacia los campos de su misma especie. Por esta razón, para Sheldrake, la memoria depende de la resonancia mórfica y no de depósitos mnémicos materiales. “Cuanto más similar es un organismo a otro del pasado, más específica y eficaz será la resonancia mórfica. En general, cualquier organismo es sumamente semejante a sí mismo en el pasado, y por lo tanto sensible a una resonancia mórfica altamente específica de su propio pasado. Esta autorresonancia ayuda a conservar la forma del organismo, a pesar del cambio continuo de sus constituyentes materiales. De modo análogo, en el reino de la conducta, la autorresonancia en un organismo se sintoniza específicamente con sus propias pautas pasadas de actividad. No es necesario que los hábitos de conducta, lenguaje y pensamiento, o los recuerdos de hechos particulares y acontecimientos del pasado se almacenen como huellas materiales en el cerebro.” En otras palabras, la memoria, para Sheldrake, es un campo dinámico de información no-local, incluido en el campo de la memoria general de la especie. “En el reino humano, un concepto de este tipo ya aparece en la teoría junguiana del inconsciente colectivo como memoria colectiva heredada. La hipótesis de la resonancia mórfica permite considerar el inconsciente colectivo no solo como un fenómeno humano sino como un aspecto de un proceso mucho más general, en virtud del cual los hábitos se heredan en todo el mundo natural.” (Sheldrake, 1994).

Al contemplar la existencia de un campo de memoria no orgánico que no se limita a los seres orgánicos, sino que integra todas las estructuras habituales que existen en el universo, ya no tiene sentido considerar la “vida” un fenómeno meramente orgánico. Todo el cosmos pasa a ser unorganismo. “La teoría holística, en efecto, trata a toda la naturaleza como algo vivo, y en este sentido representa una versión actualizada del animismo premecanicista. Desde este punto de vista, incluso los cristales, las moléculas y los átomos son organismos. No están constituidos por átomos inertes de materia como en el atomismo de antiguo estilo, sino que, según ha demostrado la física moderna, son estructuras de actividad, pautas de actividad energética dentro de campos [...], la física es el estudio del organismo cósmico que todo lo abarca y de los organismos galácticos, estelares y planetarios que se han desarrollado dentro de él.” (Sheldrake, 1994)

El físico Edward Harris Walter propuso una segunda interpretación de la paradoja planteada por Bell entre las conexiones no-locales de la física cuántica y la teoría de la relatividad. Harris sugirió que lo que se mueve más rápido que la luz y lo que sustenta y mantiene unificadas las contradictorias leyes de lo infinitamente grande (la relatividad) y de lo infinitamente pequeño (la física cuántica) es unCampo de Consciencia. Esta interpretación, que a primera vista parece apartarse de la teoría de la información, desde un punto de vista panenteísta, es de hecho la misma: la consciencia es información, la información es consciencia.

Esto coincide con todas las filosofías no-duales, desde el tantrismo hindú hasta Hegel, pasando por el taoísmo, el hermetismo, el neoplatonismo y la cábala hebrea. Todas las filosofías no-duales han afirmado siempre que el universo es una manifestación viviente y creativa de la consciencia cósmica. El alma del mundo (anima mundi), diría Plotino, está presente y es presencia en cada cosa que existe.

“La consciencia no es un principio metafísico, sobrenatural, sino una propiedad fundamental del universo en el sentido más amplio del término. El universo total es viviente y activo, ya que ‘vida’ implica ‘consciencia’. El cerebro pierde la exclusividad de la consciencia, que se convierte en una propiedad de todo el cuerpo. Vertiginoso saberse hecho de millares de miles de millones de individuos celulares, todos en comunicación. No existe un tabique impermeable entre mi consciencia cerebral y de mis células, sino más bien una sucesión jerarquizada de planos de consciencia que reaccionan unos sobre otros. De lo cósmico a lo infra-atómico, el psiquismo universal se estratifica en una infinidad de niveles de consciencia o de planos de consciencia, autónomos, distintos y sin embargo interdependientes. El universo es Consciencia y Energía asociadas” (Van Lysebeth, 1990).

Sri Aurobindo, uno de los últimos grandes filósofos de la India, definió la evolución del cosmos con estas palabras: “Este ser y consciencia está aquí envuelto en materia. La evolución es el proceso por el que se libera; la consciencia aparece en lo que parecía inconsciente, y una vez que aparece se autoimpulsa para crecer cada vez más alto y a la vez impulsarse y desarrollarse hacia una mayor perfección. La vida [orgánica] es el primer paso de esta liberación de la consciencia; la mente, el segundo. Pero la evolución no acaba en la mente; espera liberarse en algo mayor, en una consciencia espiritual y supramental. Por tanto, no hay razón para poner limites a las posibilidades evolutivas tomando nuestra organización o estatus actual como definitivo”.

O en palabras de Teilhard de Chardin: “De la materia a la biosfera, y de la biosfera a la especie, todo no es otra cosa que una inmensa ramificación de psiquismos buscándose a través de las formas”.

pijamasurf

lunes, 10 de octubre de 2011

LA HISTORIA DE LAS COSAS


The Story of Stuff (La Historia de las Cosas)

Versión Doblada al español del video de Annie Leonard. Producción del Video: Estudios de Free Range. Doblaje al castellano: Asociación Civil El Agora, Argentina. El video original en inglés You can servicios Visto en http://www.storyofstuff.com

¿Contra quién lucha Ocupa Wall Street? 5 datos esenciales sobre la élite financiera

Más allá de las consignas y las protestas, datos duros sobre la minoría voraz que concentra buena parte de la riqueza de Estados Unidos y contra la cual se ha levantado la operación Ocupa Wall Street.

Conforme pasan los días parece que la operación Ocupa Wall Street, iniciada el pasado 17 de septiembre con apenas un puñado de interesados, va ganando presencia en los medios —incluso en aquellos que no quisieran incluirla entre sus titulares— y, lo que es todavía mejor, simpatía entre el grueso de la población, especialmente jóvenes universitarios y personas ligadas históricamente a las luchas a favor del bienestar común y en contra de los abusos en los que incurre habitualmente y por consentimiento general la gente en el poder.

Sin embargo, en esta ocasión el movimiento de protesta ha enfocado sus reclamos a la élite financiera que maneja verdaderamente el destino de un país. Más allá del gobernador, el legislador, incluso el presidente o primer ministro de un país, un pequeño grupo de personas dicta las reglas de este perverso juego en el que las mayorías terminan pagando las decisiones equivocadas, dejando las ganancias a esa minoría económicamente poderosa.

Ese es justamente el enemigo a quien los protagonistas de Ocupa Wall Street tienen en el blanco. La élite financiera que, en el caso de Estados Unidos, agrupa al 1% de la población total. Un 1% rebosante de lujos, exenciones fiscales, perversas artimañas para aumentar las ganancias y un sinfín de privilegios logrados a costa del 99% restante de la población.

Y no se trata de consignas sin sustento. Personas de incuestionable probidad como el premio Nobel en Economía Joseph Stiglitz y otros académicos de importantes universidades y centros de investigación han documentado la increíble desproporción entre uno y otros sectores, entre la minoría acaudalada e insaciable y la mayoría al parecer cansada y dispuesta ya a solucionar esta inequidad.

Por otra parte recordemos que si bien los datos que se presentan a continuación han sido extraídos de las estadísticas estadounidenses, el modelo económico-político antes descrito ha sido exportado o impuesto en tantos países como lo han permitido los gobiernos y las poblaciones locales, un poco porque buena parte de las corporaciones implicadas llevan sus intereses más allá de las fronteras de Estados Unidos.

  • 1. El 42% de la riqueza nacional en manos del 1% de la población total de Estados Unidos

Personajes como el mencionado Joseph Stiglitz y William Domhoff, sociólogo de la Universidad de California en Santa Cruz, han reunido los datos suficientes para evidenciar que las personas más ricas de Estados Unidos, aproximadamente el 1% de la población, concentran casi la mitad de la riqueza del país, un 42%.

Sin embargo, según se ve en el gráfico, el 58% restante no se reparte equitativamente en el resto de la población. Por el contrario: esta tendencia desigual se mantiene al grado de que el 80% de la población tiene que conformarse con el 7% de la riqueza del país.

En este caso la riqueza financiera se calcula restando al patrimonio neto total el valor de la casa propia.

  • 2. El 1% de la población se embolsa el 24% de los ingresos nacionales

Con cifras similares a las de países notablemente distintos como Nicaragua, Venezuela o Guyana, en Estados Unidos la minoría del 1% se embolsa el 24% de los ingresos nacionales. Este dato, escandaloso en sí mismo, se agrava al considerar que hace treinta años el porcentaje del ingreso obtenido se limitaba al 9%.

  • 3. La mitad de las reservas financieras de Estados Unidos, bonos y fondos mutuos también pertenecen al 1%

Según una investigación del Institute for Policy Studies, desde 2007 la élite financiera de Estados Unidos monopoliza el 50% de los instrumentos de inversión como reservas, bonos y fondos mutuos, mientras que la mitad de la población se reparte apenas el 0.5%. Una elocuente reciprocidad de cifras.

  • 4. Que la deuda la paguen las mayorías

Otro índice importante en la economía de una nación es la deuda y en el caso de Estados Unidos y de estos altibajos entre minoría versus mayorías los datos también son sorprendentes. William Domhoff expone que al susodicho 1% de la población le corresponde únicamente el 5% de la deuda personal del país, en contraste con el 90% de la población que lleva a cuestas el 73% de la deuda total.

  • 5. En los últimos veinte años el salario de los CEOs ha crecido en casi 300%

Como se muestra en la siguiente gráfica, entre 1990 y 2005 lo salarios y ganancias de los ejecutivos de las grandes corporaciones y las corporaciones mismas aumentaron más allá del 100%, en el caso de los CEOs rozando el triple de esto con el 298%. La paga de los obreros, en cambio, se incrementó durante el mismo período solo el 4.3% y el salario mínimo federal en Estados Unidos incluso se vio disminuido en un -9.3%.

  • Bonus: la recaudación de impuestos

Quizá este rápido resumen, aun en su brevedad, no podría estar completo si no incluyera datos sobre los impuestos que paga la élite en Estados Unidos por concepto de sus ganancias. Si bien los datos en los que se basa el gráfico que se muestra a continuación no son tan recientes como los anteriores, es posible observar que el 1% de la población estadounidense, los más ricos entre los ricos, pagan cada vez menos impuestos, tendencia que se mantiene por lo menos desde mediados de los años noventa y que, por si esto no bastara, se ha contagiado a otros sectores de ingresos similares, entre los cuales la recaudación fiscal es cada vez menos efectiva.

pijamasurf